Hacia los árboles

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El mundo tampoco acabará hoy.
La ciudad, de traje, sigue haciendo ruido.
Yo te llamo, pronuncio tu nombre en voz alta,
el nombre de un ser vivo que se aparece,
más valiente que los fantasmas porque no necesita espejos.
Entre el gentío inhumano, quieta como un semáforo estropeado,
sin asustarme
te espero.
Llegas y saltamos, así bailamos nosotros.
Que miren, que miren los de las corbatas, cómo avanzamos
sin que importe el qué dirán o el qué verán.
Es una buena época, ahora que te conozco, para abrir las ventanas.
Sigue saltando sobre el barro,
sobre las basuras de sus ojos.
Éstas son mis manos, rotas y quemadas,
agárralas, agárralas fuerte sin atarlas,
que se cuele el viento.
Acompáñame hacia los árboles.
El mundo tampoco acabará hoy.

Querer

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Por la noche,
todas las noches de todos los santos días que navego sola,
echo de menos el sonido del coche.

Me da una paliza el recuerdo,
costilla tras costilla,
araña la kilométrica piel que no acaricias.

Se inunda la habitación,
me ahogo bajo unas sombras que no reconozco,
siluetas que serpentean entre los libros que has protagonizado sin saberlo.

No duermo,
este calor -que, a pesar de infernal, no conseguirá acabar con las brujas-
me desvela.

Pienso, luego no duermo.
Existo en camiseta de manga corta,
lejos de ti,
dolorosamente lejos.

Cuento los días que faltan para que llegue el futuro,
para habitarlo contigo en las playas, en los montes,
en las camas de ciudades nuevas.
Para reinventar mapas y áreas de servicio.

Pero hoy es todavía noche.
Y la noche sin ti es un quirófano sucio.
Pero has de saber que también sobreviviré a ésta
porque tú y yo, nosotros, somos los mejores
y tenemos que demostrarle al mundo que lo somos.

Un día más: una espada nueva para seguir luchando.

Es tiempo de verdades,
de coleccionar fotografías,
de escribir con los dedos el verbo definitivo: querer.

Y sin quererlo, hemos podido.